domingo, 29 de julio de 2012

Se divisa Olimpia

  Cinco aros. Cinco continentes. 204 países. 10.734 atletas. Diferentes religiones, creencias y culturas. Problemas y conflictos abiertos. Pero, cada cuatro años, hay una fecha en la que sólo existe el deporte. El deporte: toda aquella actividad física que involucra una serie de reglas o normas a desempeñar dentro de un espacio o área determinada. Visto así, se parece a los juegos que, de pequeños, practicábamos con nuestros amigos del colegio. Simple actividad física que exige al atleta en cuestión perfeccionar su técnica para lograr el éxito en esa disciplina deportiva. Un perfeccionamiento de la forma humana dentro de ese campo.
  Admitámoslo, todos hemos sentido envidia de lo ajeno a nosotros. Todos alguna vez hemos codiciado lo de los demás, y al reprimir esa envidia se ha ido convirtiendo, a fuego lento, en ira, un cóctel de emociones, una bomba de relojería en manos de gente que sólo mueve las fichas de ajedrez según le corresponde. Una persona que se siente intranquila es más fácil de manipular si se le promete una calma, aunque sea ínfima-mente pequeña. Lo peor de esa envidia, de esa codicia, de ese odio incontrolado hacia los demás es que desemboca en violencia física al querer lo que es del otro (ojo: también querer destruirlo -como las creencias ajenas- para imponerte sobre los demás) y más odio y rencor y muerte y otra vez odio, y así sucesivamente hasta que no quede más que una persona en la faz de la tierra, que se suicidará al no poder discutir con nadie.
  Pero el deporte ofrece una escapatoria, una fuga de la codicia. Ya que el ser humano puede, con él dosificar su ira, aprender de sus errores y, así, mejorar tanto dentro de su disciplina como en la vida y convivencia con las demás personas. El deporte permite que mejoremos nuestras capacidades físicas y mentales, ofreciéndonos cada día nuevas fronteras a superar y en los atletas de Olimpia, signos de una continua superación. Superación de lo humano.
  Adiestrémoslo, convirtámoslo. Tomemos la conciencia deportiva en los diversos ámbitos de la vida, no fomentemos la envidia entre las personas mirándonos el ombligo...
  Miremos hacía el futura de una manera común. Ya que...
  Los cinco continentes.
  Los 204 países.
  Los 10.734 atletas.
  Ahora sólo tienen un reto: Hacer del ser humano un ser más humano.
  La llama nos espera en la cima ¿Te apuntas?
  Olimpia ya se divisa...

martes, 24 de julio de 2012

Desolación de un virus.

  Sistemas informáticos. Computadoras potentísimas creadas por el humano para satisfacer una necesidad humana, ofrecer más comodidad y rapidez a la hora de calcular (problemas cuyas respuestas, para una persona sin preparación para resolverlo -Simple: 1 solución, 0 entendimiento-), crear -música, imágenes, etc...- sin un talento notable o incluso transportarte a mundos creados virtualmente para escapar en ellos y olvidarse de la vida real. Un modo huida de la realidad. Un que paren el mundo que me bajo. Una segunda existencia, que se ve superflua al mundo real; pero aún así, ¿Se podría sacar algo en concreto de esas realidades?
  En realidad, lo siento por la repetición de esta palabra, no creo que se diferencie tanto. Nuestra existencia es de signo biológico, pero, somos un código en lo más profundo de nuestro ser. Somos ADN. Tenemos una configuración predefinida en la que sólo se diferencia pequeños detalles entre cada ser humano. Somos un código complejo, al igual que la computadoras. Nuestra formación. ¿Qué somos? ¿Podemos darnos a nosotros mismos la forma de grandes computadoras? Si pensabas que quería llegar a eso, estas equivocado.
  Nosotros no tenemos la respuesta de todo en nuestro mismo ser, en nuestra existencia, como un ordenador que resuelve ecuaciones de una forma rápida y precisa. Tenemos que ser más humildes y encontrarnos reflejados en las entrañas de esos armatostes de cables. Remontémonos al principio de todo: el Big Bang.
  El momento de encendido de un ordenador, la vuelta a la vida tras un periodo de hibernación. Unos sistemas predefinidos arrancan el gran programa de su universo interno y todo empieza a funcionar sincronizado. Perfectamente. Se van formando las distintas galaxias (particiones de disco duro), sistemas solares (carpetas) y estrellas-planetas (archivos). Todo sigue una serie de normas por las que se rige el funcionamiento de todo el ordenador. Cada planeta-archivo genera su código interno, de forma aleatoria dentro de un orden. El riesgo de error es muy bajo. Pero al generarse cierto código, PLAF, se genera un planeta fuera de lo común: A la distancia perfecta del sol y con una conjugación de factores atmosférico que permite generar vida (Un error en el sistema que genera sujetos temporales en el universo atemporal), peculiar e increíble. La vida se extiende, se desarrolla, consiguiendo alcanzar cotas de poder que le permiten manipular el archivo e incluso extenderse a la carpeta. Las primeras formas de código son simples (plantas-animales-hongos-...) pero el paso del tiempo hace que estas estructuras simples se desarrollen hasta alcanzar ese poder, la vida inteligente... Un código mal generado que se extiende por las carpetas dejando exento de brillo, fuerza y pasión al código que se había generado correctamente. La destrucción de lo que se conocía...
  Un poder infinito dado por una singularidad cósmica dentro de una gran computadora. El poder de manipular la computadora, de extenderse deliberadamente por ella y agotarla.
  Nosotros, los seres vivos que ocupamos este-y muchos planetas más- somos ese virus.
  Somos la singularidad.
  Tenemos el poder de manipular el universo "a nuestro antojo".
  Pero... no olvidemos que  la generación del código tiene ciertas reglas. Las cuales no se pueden quebrantar porque si no, llegará el antivirus...