domingo, 1 de septiembre de 2013

Un día menos (II)

  Descendió hasta el fondo de aquel abismo. Contempló su pasado y se estremeció. Miró hacia delante. 
   Descendió hasta el fondo de aquel abismo, o al menos a lo que él pensaba que era el fondo. Igual solo se trataba de un falso suelo. Una posada de tranquilidad que su cerebro había creado en aquella vertiginosa bajada. Un lugar reconfortante en el que piensas "Ya he llegado al fondo, ya nada puede ir peor, solo puedo subir" y eso te da ánimo para conseguir salir del hoyo. Sí, quizás era eso. Pero no lo tenía muy claro. Arrastraba los bajos descosidos de sus pantalones por aquella cuesta. Se le estaba haciendo eterna. Siempre pensaba "El siguiente paso será el último" y eso le animaba para darlo. Quería dejar todo atrás. Toda aquella pútrida vida que le estaba llevando a una precoz muerte. Descendía por la calle, a la par que su alma se caía. No podía sujetarla. Le pesaba sobre sus hombros y se había convertido en una gran carga. Continuaba su bajada y los demonios le ayudaban en su caída, deseosos de verlo abajo. Es lo malo de las bajadas. Siempre son más fáciles y vertiginosas que las empinadas y duras subidas. Es algo natural. Pero llegó al fondo real. A la esquina de la calle, donde le esperaba un semáforo en rojo. Otra buena noticia para el ansioso hombre que anhelaba llegar a casa. Paró su marcha y esperó.
  Contempló su pasado y se estremeció, aquel rojo del semáforo no le resultaba muy grato. Podía haberlo pillado en verde, y con la velocidad de la caída, haber pasado a toda velocidad para llegar a su casa. Pero no. Ese día todo estaba en su contra, y ya, solo podía empeorar. O al menos eso pensaba él. ¿Su peor error? Miró hacia atrás. Contempló el horror de su descenso. Todo aquel sufrimiento.  Bueno, las pisadas de la parada ya se habían borrado de su mente, y aquel conductor había caído en el olvido. Volvió a mirar al semáforo. En rojo. sus pies se agarrotaban en el suelo. Se volvían pesados. Hielo cubrían ya sus pies que estaban deseosos de volar. Lo amarraban a esa realidad. Le paraban. No le dejaban avanzar. Necesitaba llegar a su cama. Acabar ese día. Necesitaba que la verde luz de esperanza que esperaba que diese ese semáforo se pusiese en marcha. Y, por una vez, pasó lo que quería, y oyó como el canto de un pájaro. Sus oídos vibraban con él. Sabían lo que significaba. Su largo letargo había acabado. Ahora solo quedaba avanzar.
   Miró hacia delante, y sus helados pies se derritieron por el fuego de pasión que ellos mismos desprendían. El deseo de llegar. El deseo de dejar de anhelar. El deseo de encontrar. De volver a amar. Se movieron prestos al ver el semáforo en verde. Verde esperanza. Cruzaban la calzada como un rayo. Un borracho se le cruzó, a esas vespertinas horas. Le preguntó, si lo vio, que dónde estaba su casa. Él pasó de largo. Quería llegar ya. corrió hasta la acera de en frente y después continuó su marcha por unas estrechas y angostas calles. Aún no había llegado a su casa, ni estaba cerca de terminar el viaje. La alegría del paso de cebra le duró poco y volvió a sentir la acera en la planta de sus pies. Empezó a notar frío. Pero frío de remontada, de "ya nada más puede salirme mal". Frío de subida, pues en su vida, ya había sentido frío igual...
  

martes, 27 de agosto de 2013

Un escape

  Un escape. Una salida. Una ilusión. Un sentimiento. 
  Un realismo aumentado ante tus ojos. Se comparten sentimientos adversos con no gratas intenciones para lograrlos, y en el fondo, son polvo. En tu retina parecen gloriosos, cuando los ves en algún anuncio de la tele o algún escaparate del centro de tu ciudad o pueblo. Parece un producto increíble que con solo mirar te traspasa a otro mundo en el que tú te ves con él.
  Y aquí recae el error de cálculo. Una simple sonrisa puede mover el mundo si viene de una cara bonita y se encuentra en el lugar y momento indicados. Se le puede vender a un calvo un peine si le convences de que su pelo volverá a crecer. Son las máquinas del marketing. Los monstruos del consumo masivo. Los causantes de tal sentimiento.
  Ves el producto y lo deseas, porque ya te has visto con él en tu mente, en tu imaginación. Deseas ese último videojuego, esa última cazadora, ese último última... Se convierte en una obsesión tenerlo. Algo que te persigue. Algo a lo que se puede poner freno. Se puede cortar la infección si aún el veneno del consumismo no ha calado hondo. Pero hay un momento en el que el daño es irreversible y te encuentras de lleno mecido en esa ilusión.
  Crees que puedes evitarlo, y cada vez que cometes el fallo sale de tu boca un "nunca más". Pero la mente humana es muy débil, y cuando ya ha conocido el placer, le es muy difícil negarse a él. Consigues el producto y tu mente sufre un colapso de felicidad, un nirvana espontaneo que se desvanece cuando ya lo tienes en tus manos. Se puede decir que tu cerebro desea ese humo que provoca el consumismo. Quiere anhelar algo... quiere escapar de la monotonía... quiere una salida.
  Pero el demonio engaña, y sabe más por viejo, y ofrece gominolas a los incautos que las desean por el camino. El marketing se aprovecha de la duda y de la ignorancia del cliente. Le pretende provocar para que consuma. Lo trata como a ganado. Pero tú no lo eres, no eres uno más... lucha contra la luz que todos siguen... Busca un escape...
  

lunes, 10 de junio de 2013

Un día menos (I)

  Vio las nubes y se puso a pensar. Buscó en lo más hondo de su ser. Vio que no quedaba ya nada.

  Vio las nubes y se puso a pensar, se redujo a aquel asiento de la estación. Intentó abstraerse, hacer capaz su mundo. Mentirse a sí mismo. Vio su autobús, que, como todos los días, llegaba tarde. Sabía lo que hacía, pero al ver su reflejo en el espejo no se vio. Se busco. "Sesenta céntimos, caballero... Si puede". Estaba haciendo esperar a el pobre conductor; se le ve en la cara que ese trabajo no le satisface, pero que le va a hacer, con algo tendrá que alimentar a su familia. Mientras tanto, su mente se había quedado en el asiento, tardó un rato en volver a su cuerpo. Reaccionó.
  Buscó en lo más hondo de su ser, es decir de su bolsillos, su trabajo diario. Su día en la fábrica parecía haber sido productivo, por su cara, que reflejaba un agotamiento total. Como el de aquel que lucha día a día para, como el conductor, traer la gracia a su familia. Recordó tiempos mejores de su infancia. Las tardes en la plaza jugando al fútbol, imaginando ser Ronaldo, el astro brasileño que acababa de ganar el mundial. Los veranos en su pueblo, donde encontró el amor, donde su vida cambio, donde... ahora solo quedaban recuerdos y vacío... Rebuscó.
  Vio que no quedaba nada, solo polvo, sombras, mentiras... miró al conductor, él le devolvió la mirada de una forma inquisitiva. Le calló cuando fue a hablar, no quería más escusas. "Baja" le dijo "Tengo que continuar la ruta. Hoy te toca andar". Bajó del bus, y se puso a caminar. Largo era el trayecto y dura la soledad que le acompañaba, pero ya venían siendo compañeras de cama en esa larga Odisea. Paró. Se miró los pies. Suspiró. Sabía que mirar atrás ya era inútil. Ya no existía la redención, solo olvido. Largo precipicio, frágil cuerda.

martes, 4 de junio de 2013

Susurro de Feuerbach

  Es irónico, la persona entendida en el ser humano, muere sola. Abandonada por la sociedad, por sus ideas, por sus concepciones teológicas. Por volver a enunciar al sofista Protágoras en su famosa frase: "El hombre es la medida de todas las cosas". Por querer creer. Por hacer de sí un modelo de estudio tanto antropológico como teológico. El pobre Feuerbach murió solo y eclipsado por sus amigos de la izquierda hegeliana. Eclipsado por el que supo vender sus ideas, el primo Carlos. Aunque éste se fijara completamente en él. 
  Una pena, la verdad.

La tela de araña

  Las verdades son subjetivas. Subjetivas al modo de verlas. Al filtro por el que pasan. Las verdades son buenas aliadas de quien cree haberlas encontrado. Por mucho que me fijo, mi parecer no cambia. Sigo viendo la misma movida y la misma gente: Nuevos lobos ocupan la piel de oveja que cubría a los anteriores. Y siguen muriendo ovejas. Somos capaces de crear las mayores máquinas. Las mayores fábricas en pos del progreso. Somos capaces de construir largos puentes que unan intereses económicos y aún no hemos conseguido tender el puente más corto. El que une a un humano con el otro. Esa pequeña distancia en la que desaparece la igualdad que presentan ciencias como la demografía. Tomándonos como números, como simple material de fábrica. Un simple método de producción. Como el pastor que cuenta sus cabras.
  La tendencia a la globalización nos está separando. Las distancias han sido acortadas por los medios de comunicación y los rápidos transportes de los que se dispone para crear, crear y crear. Una cadena de producción masiva, que no cesa y, que como ya he dicho, nos deshumaniza. Convierte a los productores en producto, miembros obligados de esa cadena. De esa tela de araña que nos atrapa, que nos persigue, que nos ahoga.
  Se producen masificaciones de población. Cada vez hay más gente junta en las urbes y más separada en sus casas. Hemos creado el monstruo que ellos querían. Hemos conseguido ser menos humanos. Vivir en una mentira en la cual, hasta el único sentimiento puro y humano, el amor, se ve torturado por las manos de los mercados. Se debilita éste en las nuevas generaciones. Se ve condenado a fracasar por el simple motivo de que se busca la perfección, cuando es imposible que todo lo sea. Se busca la perfección de un producto en serie (como los que se representan en las pelis de Disney) y solo se encuentran decepciones. Por eso la gente pierde la fe en esto y se deshumaniza. Pero existe, está ahí. Solo hay que esperar.
  Algo que en nuestra "rápida sociedad", parece complicado. 
  Es una tela de araña, que nos compete y compromete a todos. Nos ata y nos maltrata.
  Se busca la imagen de un destino en la arena de una playa.
  Se venden imágenes, vidas prefabricadas.
  Pero no se entiende que "La verdad" es una y que cada uno la ve a su manera.
  Por eso, no hay un absoluto que represente el modelo a seguir.
  Eres tú, humano, contra el mundo.
  Viste la luz. Ahora no te vuelvas. Escapa.

jueves, 7 de marzo de 2013

Lo útil y lo justo...


            La situación en la que queda este tema, esta pregunta, sin resolver de la filosofía es confusa. Porque preferir es opinión, y aunque yo presente muchos argumentos a favor de por qué lo justo es mejor, sé perfectamente que habrá personas que me lo puedan rebatir con la suya propia, ya que este tema se puede responder por varios senderos, todos igual de lógicos dentro de un plano propiamente humano.
            Lo primero que habría que hacer es aclarar que cada persona tiene su propia opinión o punto de vista sobre lo que es la justicia y que, también, habrá gente que encuentre útil una cosa que a otra le resulta inútil. Incluso puede haber gente a la que le resulte útil ser justo, como por ejemplo un juez, el cual cobra por dictar una sentencia que se acerque más al ideal de justicia en el caso que le corresponde. Y a otras les resulte justo lo útil, como a un ladrón. Esto es así. Aunque no siempre acierten en lo más justo. Pero se pueden extrapolar estos conceptos, se pueden llevar a un plano menos confuso y más cercano como es el “qué es” lo justo o lo útil desde un plano antropológico, y no ético.
            Lo útil, propiamente dicho, es un concepto que habría que remontar a nuestra propia naturaleza. Una forma de ser que encontramos en todos los factores de la misma, desde las leyes de la gravedad hasta el ser humano. El ser útil en esta explicación tomaría una explicación muy maquiavélica, ya que es lo que se necesita en el momento en el que se necesita. Por decirlo de otra manera, es el placer inmediato, dan igual las consecuencias que este traiga. El agua cae por una cascada porque es el sitio por el cual encuentra menos oposición para llegar al mar, le da igual que con su fuerza de caída rompa la roca, no tiene la necesidad de rodear la caída. Podríamos comparar esto con el concepto de “fácil” y hacerlos análogos, pero estaríamos cayendo en un error porque lo útil, no tiene por qué ser fácil. Es más, puede ser complicado pero como satisface esa necesidad, vale la pena el esfuerzo. Por poner otro ejemplo: si un lobo encuentra a un ciervo herido pero éste se encuentra en un lugar de difícil acceso, el depredador seguramente decidirá que lo mejor es acceder a este y comerse al animal que pasar de largo e intentar cazar otro por su propia cuenta. Es un acto falto de bondad, sí, pero está en la naturaleza del lobo cazar para alimentarse, y si puede gastar menos energía, pues mejor. Pero este concepto en el ser humano trae problemas, y aunque haya muchas formas de gobierno, convivencia o economía humana que basen sus doctrinas en lo que es útil para un sujeto individual, no quiere decir que éstas sean acertadas.
            Lo útil, en el ser humano como ser racional, sólo tiene cabida si en su empeño por “utilizarlo” no perjudica a otro ser humano que también puede realizar algo útil. En otras palabras, un ser humano, Homo Sapiens, moderno a pesar de todo su empeño con largos procesos de abstracción hasta alcanzar la realización de una cultura que los separe propiamente del resto de animales, sigue formando parte de la cadena evolutiva animal. Sigue siendo un "animal", aunque un animal racional. Es ahí donde se encuentra la clave de la utilidad en lo humano. Reside en que el ser humano tiene los mismos instintos que aquel lobo que nombrábamos antes, tiene esas necesidades que necesita saciar. Aquí reside el problema, un lobo es solitario, no le obliga el poder de la manada, se basta él mismo para sobrevivir en la naturaleza y por eso puede decidir si matar al ciervo o no matarlo; pero el hombre, como individuo, aunque sea el más fuerte del mundo, es un ser social que necesita al resto de la manada para sobrevivir, necesita el relacionarse porque sus capacidades físicas no son suficientes para matar a ese ciervo, despiezarlo y transportarlo. Por eso y por muchas otras cosas, como por ejemplo su latoso proceso de reproducción, el cual no lo puede llevar una persona nada más, necesita el grupo para sobrevivir y cuando digo grupo, me refiero a todo el grupo porque cada uno realiza su función y es de alguna manera u otra “útil” para el mismo. Creando así una protección interior en el grupo en la que llegamos a la conclusión de que todo el mundo puede realizar lo que considere útil mientras no interfiera en lo útil de la otra persona.
             Por eso, se necesita establecer unos límites dentro de la acción humana para conseguir una cierta “igualdad” en cuanto a las acciones que realizamos. Un límite que tiene que ser establecido por los hombres para los hombres, un valor invisible que es capaz de parar los pies a los fuertes para que no se impongan sobre los débiles. Igualando a todos en un solo estado de convivencia, que ya no es el físico, sino el mental. Este valor invisible representa a lo justo, lo que está en su justa medida, lo que nos iguala en un grupo heterogéneo. Lo que da orden al caos de la convivencia. Aunque no se considere justo lo que se imponga sobre el resto, aunque parezca justo. Tiene que ser un mutuo acuerdo que nos iguale y nos haga fuertes como grupo. Porque es esta forma de actuar, el comportamiento piadoso que hace ceder parte de libertad a favor de la convivencia de un grupo, lo que nos diferencia de los animales y nos hace humanos.

martes, 27 de noviembre de 2012

La llegada del glorioso elemento (I)

  Se establecen los contactos y un ya te llamaré, si eso, le dije a mis amigos de toda la vida en el aeropuerto. Iba a cruzar el umbral. Mi madre llora, al igual que mi padre, pero él más por dentro. Me despiden, con más bien pocas ganas de que me fuese, pero era ley de vida. Necesitaba irme. Y digo necesidad en el sentido más amplio de la palabra, no había trabajo. Entro en el dutty-free. No quiero volver la vista atrás por miedo a que mis pies la acompañen. Ya había sido duro en casa, a mis abuelos, no les sorprendí. Según ellos, ya habían visto como estaba la cosa en el telediario. Mientras hacía las maletas, ya añoraba el aroma de la casa. Ya me sentía lejos, aun estando en casa. Estaba en el embarque, me temblaban las piernas. Sonaba de una forma repetida y estridente mi vuelo. Pasaban los minutos y las personas por aquella eterna fila. Había de todo tipo de personas. Jubilados, matrimonios de luna de miel, turistas, gente de la misma condición que yo e incluso, y esto es lo que me alegró el viaje, un inglés que parecía no entender muy bien su destino, que era Londres. Me dirigía a las tierras bávaras, cuna de la filosofía contemporánea de Europa. Famosa por sus cervezas y salchichas, además de su gente rubia y con los ojos claros. Aunque también, y más comúnmente, conocida por los dos episodios lamentables que tuvieron lugar en el anterior siglo. Lo que me impresionaba de esa gente con la que iba a convivir es la capacidad que tenían para rehacerse, y lo duro que trabajan. En menos de treinta años de la segunda guerra mundial, ya necesitaba trabajadores extranjeros para cubrir su bolsa de trabajo en fábricas, oficinas, etc... Me dirigía hacía esas tierras, de las cuales mi abuelo volvió hace veinticinco años con mi padre educado en su sistema, y sentía que el pasado se estaba volviendo a repetir. Doy gracias a Dios por el segundo idioma que me enseñaron de pequeño. Una lengua complicada, como la gente que la habla. Con esto, ya estaba en mi asiento del avión. Miraba por la ventanilla, intentando divisar a mi familia en las grandes cristaleras a la vez que admiraba la tierra de la que partía. Tierra de grandes oportunidades y gentes, desaprovechadas por el afán del sentido del hidalgo del lazarillo combinado con la ingenuidad de Alonso Quijano. Pero como este último, no de gente precisamente tonta, llamémoslas predecible. La luz de cinturones abrochados parpadeaba, a la vez que parpadeaban mis ojos intentando no soltar ninguna lágrima. Pero no pude, me até el cinturón y puse mis dedos en mis párpados, masajeandolos. Cabeza baja y codos en las rodillas, una de las peores sensaciones del mundo. Sentí una mano en la espalda. Me dio un par de palmadas y dijo: "Ich weiß, wie du dich fühlst". Un "sé como se siente" que me tocó la fibra sensible. Sin mirar que clase de hombre era, rompí a llorar en su hombro. Un hombre de veintidós años recién cumplidos y licenciado en Historia, llorando como un niño de cinco cuando no ve a su madre desde el columpio del parque. Pero en ese momento no me sentí avergonzado, para nada. En los dos siguientes minutos se me paso la pataleta. Alcé la vista, lo que vi me sorprendió. Un señor de rasgos africanos y piel oscura que rondaría la edad de mi padre. Le respondí: "danke schön"-"Muchas gracias". Comenzamos a hablar. Me contó cuando era muy pequeño, sus padres se vieron obligados a emigrar a Alemania desde el Congo. Que no tuvo muchas dificultades al aprender el idioma ni para coger el acento. Es  lo que me había sorprendido en un principio. Se consideraba alemán a la par que que congoleño, pero cuando el mercado inmobiliario estaba en alza se mudó a España, patria querida, para aprovechar la oportunidad. Era arquitecto. Bastante reconocido, al parecer. Con la crisis, no le quedaba otra que volver a las tierras frías. Pero no se iba de vacío. En esos doce años que estuvo en España había conocido a su mujer, se habían casado y tenían un hijo de cuatro años al que le daba miedo el sonido del motor. La mujer era andaluza, de Ecija, le comenté mi situación, en español, claro está. Me respondió en alemán, según dice ella, por adaptarse al panorama que le esperaba. Era doctora en filología alemana y había conseguido una plaza como profesora adjunta en la universidad de Berlín. Esto era interesante para mí, ya que quería moverme en esos ambientes universitarios. Le hablé, el alemán, cosa que reitero porque me incordiaba hablar con una española en un idioma del que me iba a hartar. Tenía un acento muy gracioso, un alemán andaluz... bastante peculiar. Se me pasó el vuelo volando, valga la redundancia, y para cuando me di cuenta estaba en la salida, intentando coger mi maleta. Esperaba que no me la hubiesen extraviado, no conocía tan bien el idioma. Pero no, hubo suerte. Salí y vi como el señor con el que había estado hablando, Jerome, saludaba a sus padres y  hermanos, mientras que su mujer se quedaba atrás. Al fin, la presentó y la recibieron de igual manera, a ella y a su nieto, bastante guapo, por cierto. Yo ya esperaba una recogida igual, que me llenasen de abrazos y, si era guapa, también de besos. Me paré. Miré hacia todos los lados, pero no vi mi nombre en ningún cartel. Según la página de alquiler de piso compartido, mi compañero debería estar aquí para recogerme y conocernos. Esperaba que no fuese raro. La gente se fue, y yo seguía allí. Jerome se ofreció a llevarme a la dirección de la casa, bastante cercana a la universidad. Me despedí con una sonrisa y ellos ofreciéndome la ayuda además de su teléfono. Llegué al portal a las nueve de la noche. Saludé formalmente al portero, y él me dijo el piso en un perfecto español pucelano, me extrañó. Pensé: "Llevo dos horas en Alemania, y he conocido más españoles que alemanes, increíble". Aunque él me dijo, que no lo era tanto ya que eran gente muy cerrada estos alemanes. Creí que sería exótico, pero ya veo que no. Me guió hasta mi piso, me abrió la puerta y me dijo que estaba allí para lo que quisiese y que me pasará por la Casa de España, para estar entre personas de mi nacionalidad. El llevaba treinta años de portero, y que, aún, en los tiempos que corren, no se habían propuesto cambiarlo por un portero automático. Gente cerrada, pero le gustaba el trato humano. Estaréis pensando lo mismo que pensaba yo, que es de la quinta de mi abuelo. Le pregunté cómo llegar a los sitios que necesitaba ir al día siguiente, para no pagar un taxi, y me despedí con una sonrisa. Entré por la puerta de lo que sería mi casa, pero no había nadie. Allí me encontré...
  Solo, lejos de mi país pero rodeado de gente española.
  Cerré los ojos y suspiré...
  Supongo que era lo que tocaba.