Descendió hasta el fondo de aquel abismo. Contempló su pasado y se estremeció. Miró hacia delante.
Descendió hasta el fondo de aquel abismo, o al menos a lo que él pensaba que era el fondo. Igual solo se trataba de un falso suelo. Una posada de tranquilidad que su cerebro había creado en aquella vertiginosa bajada. Un lugar reconfortante en el que piensas "Ya he llegado al fondo, ya nada puede ir peor, solo puedo subir" y eso te da ánimo para conseguir salir del hoyo. Sí, quizás era eso. Pero no lo tenía muy claro. Arrastraba los bajos descosidos de sus pantalones por aquella cuesta. Se le estaba haciendo eterna. Siempre pensaba "El siguiente paso será el último" y eso le animaba para darlo. Quería dejar todo atrás. Toda aquella pútrida vida que le estaba llevando a una precoz muerte. Descendía por la calle, a la par que su alma se caía. No podía sujetarla. Le pesaba sobre sus hombros y se había convertido en una gran carga. Continuaba su bajada y los demonios le ayudaban en su caída, deseosos de verlo abajo. Es lo malo de las bajadas. Siempre son más fáciles y vertiginosas que las empinadas y duras subidas. Es algo natural. Pero llegó al fondo real. A la esquina de la calle, donde le esperaba un semáforo en rojo. Otra buena noticia para el ansioso hombre que anhelaba llegar a casa. Paró su marcha y esperó.
Contempló su pasado y se estremeció, aquel rojo del semáforo no le resultaba muy grato. Podía haberlo pillado en verde, y con la velocidad de la caída, haber pasado a toda velocidad para llegar a su casa. Pero no. Ese día todo estaba en su contra, y ya, solo podía empeorar. O al menos eso pensaba él. ¿Su peor error? Miró hacia atrás. Contempló el horror de su descenso. Todo aquel sufrimiento. Bueno, las pisadas de la parada ya se habían borrado de su mente, y aquel conductor había caído en el olvido. Volvió a mirar al semáforo. En rojo. sus pies se agarrotaban en el suelo. Se volvían pesados. Hielo cubrían ya sus pies que estaban deseosos de volar. Lo amarraban a esa realidad. Le paraban. No le dejaban avanzar. Necesitaba llegar a su cama. Acabar ese día. Necesitaba que la verde luz de esperanza que esperaba que diese ese semáforo se pusiese en marcha. Y, por una vez, pasó lo que quería, y oyó como el canto de un pájaro. Sus oídos vibraban con él. Sabían lo que significaba. Su largo letargo había acabado. Ahora solo quedaba avanzar.
Miró hacia delante, y sus helados pies se derritieron por el fuego de pasión que ellos mismos desprendían. El deseo de llegar. El deseo de dejar de anhelar. El deseo de encontrar. De volver a amar. Se movieron prestos al ver el semáforo en verde. Verde esperanza. Cruzaban la calzada como un rayo. Un borracho se le cruzó, a esas vespertinas horas. Le preguntó, si lo vio, que dónde estaba su casa. Él pasó de largo. Quería llegar ya. corrió hasta la acera de en frente y después continuó su marcha por unas estrechas y angostas calles. Aún no había llegado a su casa, ni estaba cerca de terminar el viaje. La alegría del paso de cebra le duró poco y volvió a sentir la acera en la planta de sus pies. Empezó a notar frío. Pero frío de remontada, de "ya nada más puede salirme mal". Frío de subida, pues en su vida, ya había sentido frío igual...
No hay comentarios:
Publicar un comentario