Vio las nubes y se puso a pensar. Buscó en lo más hondo de su ser. Vio que no quedaba ya nada.
Vio las nubes y se puso a pensar, se redujo a aquel asiento de la estación. Intentó abstraerse, hacer capaz su mundo. Mentirse a sí mismo. Vio su autobús, que, como todos los días, llegaba tarde. Sabía lo que hacía, pero al ver su reflejo en el espejo no se vio. Se busco. "Sesenta céntimos, caballero... Si puede". Estaba haciendo esperar a el pobre conductor; se le ve en la cara que ese trabajo no le satisface, pero que le va a hacer, con algo tendrá que alimentar a su familia. Mientras tanto, su mente se había quedado en el asiento, tardó un rato en volver a su cuerpo. Reaccionó.
Buscó en lo más hondo de su ser, es decir de su bolsillos, su trabajo diario. Su día en la fábrica parecía haber sido productivo, por su cara, que reflejaba un agotamiento total. Como el de aquel que lucha día a día para, como el conductor, traer la gracia a su familia. Recordó tiempos mejores de su infancia. Las tardes en la plaza jugando al fútbol, imaginando ser Ronaldo, el astro brasileño que acababa de ganar el mundial. Los veranos en su pueblo, donde encontró el amor, donde su vida cambio, donde... ahora solo quedaban recuerdos y vacío... Rebuscó.
Vio que no quedaba nada, solo polvo, sombras, mentiras... miró al conductor, él le devolvió la mirada de una forma inquisitiva. Le calló cuando fue a hablar, no quería más escusas. "Baja" le dijo "Tengo que continuar la ruta. Hoy te toca andar". Bajó del bus, y se puso a caminar. Largo era el trayecto y dura la soledad que le acompañaba, pero ya venían siendo compañeras de cama en esa larga Odisea. Paró. Se miró los pies. Suspiró. Sabía que mirar atrás ya era inútil. Ya no existía la redención, solo olvido. Largo precipicio, frágil cuerda.
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